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Situación Internacional a mediados del XV

La política exterior constituyó en el siglo XVI la principal ocupación de los soberanos. En raras ocasiones esta política persiguió metas que puedan clasificarse como de nacionales. Los estados de cada Príncipe consistían en un agregado de territorios que la Corona intentaba incrementar, sobre la base de pretensiones más o menos jurídicas, con el fin de superar a los rivales. En una Europa construida por una intrincada red de obligaciones feudales y de reclamaciones surgidas por la práctica secular de los matrimonios dinásticos, el status quo podía ser alterado por un fallecimiento afortunado o por la exhumación de un antiguo derecho. Las fronteras carecían del carácter lineal y rígido de la actualidad, aunque los avances de la cartografía o el desarrollo de las aduanas contribuyeron a darles más consistencias. Aparte, la dispersión de los dominios territoriales de muchos príncipes era algo común. Durante el Medioevo, las relaciones en los pueblos se habían limitado o poco menos, que a relaciones de vecindad. De repente, con los nuevos descubrimientos geográficos se ponen en contacto con territorios apenas conocidos o no explorados (América, África Ecuatorial y Meridional, y extremo Oriente). Pero aunque se extienden poderosamente las redes de relaciones internacionales siguen contando, antes que nada los espacios conocidos, y el occidente europeo constituye aun el centro nervioso de las relaciones entre las monarquías más poderosas.
Tres de ellas se mueven en relación con el juego de la política internacional; la francesa, la española y, en menor medida, la inglesa.
El Imperio y el Papado pierden su protagonismo, aunque todavía tengan una preeminencia, más honorífica que real. La Reforma no hará más que acelerar la pérdida de protagonismo de uno y otro.
Si es posible hablar de Alemania, aunque sólo sea como un conjunto de territorios autónomos unidos por un lazo federativo bastante débil.
Italia no pasa de ser una expresión geográfica donde la unidad es inconcebible.
En el norte de Europa, la ruptura de la unión escandinava, el provechoso control de los estrechos del Sund y los esfuerzos de los hanseáticos por conservar su posición comercial actuarán como fermento de conflictos.
En el extremo oriental del continente, el Gran Ducado de Moscú, tras la unificación rusa de Iván III, se extiende con Iván IV el Terrible por el Volga y Siberia, proclamándose valedor de la ortodoxia oriental.
El ritmo, cada vez más acelerado, de las relaciones internacionales entre los grandes príncipes de
Occidente obligará a transformar los instrumentos de guerra y diplomacia para poder cumplir su
cometido.
Es en La Italia renacentista donde se encuentra el origen de las embajadas permanentes, La Paz de Lodi (1454) que estableció un relativo equilibrio entre los principales territorios italianos, sirvió también de estímulo para que los príncipes se decidieran a mantener un agente con carácter estable en las demás cortes con el fin de vigilar su política. Los venecianos ganarán pronto fama de maestros en el arte de la diplomacia, como modelo a imitar. Entre los grandes monarcas, Fernando de Aragón fue el primero en imitar a los grandes estados italianos. Desde 1480 tuvo representación diplomática en Roma, y años más tarde, en Venecia e Inglaterra. Francia siguió esta tendencia en tiempos de Luis XII, pero la mayoría de los príncipes prefirieron enviar representantes temporales, ya que los gastos eran mucho menores. Predominaron pues los representantes extraordinarios comisionados para negociar algún punto importante o ejercer funciones protocolarias. Los embajadores generaron desconfianza en muchos casos, al encargarse de informes e investigaciones, para los que necesitaban una tupida red de colaboradores, por lo que a menudo eran acusados de espionaje o de tejer conspiraciones. La Reforma no hizo más que agudizar esta desconfianza. La disparidad de credos generaba conflictos protocolarios, lo que motivó a la larga la reducción de las redes diplomáticas, y los monarcas católicos, a excepción del francés, dejaron de enviar representantes a los países protestantes.
A finales del s. XV las coronas de Castilla y Aragón se habían unido y ambas habían luchado mancomunadamente entre 1482 y 1492 para incorporar el reino nazarí de Granada a Castilla. En Francia, tras la muerte de Luis XI en 1483, ascendió al trono Carlos VIII de Valois. Pocos territorios quedaban entonces para ser integrados a la monarquía francesa y el nuevo soberano quiso protagonizar pronto una expansión hacia la península Italiana. Ahí colisionaron Francia y España. A finales del s. XV y principios del s. XVI, las relaciones internacionales en Europa se explican por tres denominadores comunes: el antagonismo hispano-francés, la defensa de la Europa central frente a la expansión turca en el ámbito danubiano y de sus aliados norteafricanos en el Mediterráneo, y las pugnas entre católicos y protestantes en Alemania, una vez iniciada la reforma luterana.
Otros dos factores influyen en el desarrollo de los acontecimientos: una nueva diplomacia renacentista y el uso de nuevas armas, principalmente de fuego y la artillería.
Fruto de la negociación diplomática, veremos aparecer un conjunto de ligas internacionales, que se hacen y deshacen con cierta facilidad, se agrupan diversas potencias para hacer frente a otra mas fuerte, en una zona determinada, que en esta época es la península Italiana. Italia fue un tablero de ajedrez donde movieron fichas las dos grandes potencias del momento: Francia y España. En un principio las ligas son para frenar la expansión francesa, luego serán en torno a Francia para disminuir el poder español. La monarquía Francesa, a pesar de haber recibido el titulo de Rey Cristianísimo, no tuvo dificultades en aliarse con los Turcos o con los protestantes, es decir, con los enemigos de su enemigo, la Casa de Austria, con tal de menoscabar el poder de su adversario.
Se asiste a cambios importantes en el arte de la guerra, se fue popularizando el uso de armas de fuego (cañones), se adaptaron las murallas a estas armas, progreso la técnica de las minas (cuya potencia podía resquebrajar la mole de las fortificaciones operando desde el subsuelo. Las armas tradicionales, las armas blancas y las de carácter defensivo (lanzas, flechas, escudos, puñales...) siguieron siendo abundantemente usadas y la caballería tampoco sufrió una crisis repentina.


BIBLIOGRAFIA
IMBER, C. EL IMPERIO OTOMANO 1300-1650. Ediciones B, Barcelona 2002.
FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.
Barcelona. 2002.
RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. Actas, Madrid, 2006.
MARTINEZ SHAW, C. HISTORIA DE ASIA EN LA EDAD MODERNA. Arco Libros S.L.
Madrid.1996.


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